Borges decía que morir es una costumbre que suele tener la gente y razón no le faltaba, más si justo te toca vivir bajo dictaduras o democracias medio pelo donde podés ser todo lo libre que quieras mientras no reclames laburo y un cacho de pan para darle a la patrona y a los pibes. Pienso en eso ni bien me entero. Me lo cuentan mis viejos. Se murió un vecino, Cristian. 35 años. Esposa y 2 hijos.
–Se dejó morir- dicen en el barrio.
-Se le secó la vida- Dice una vecina con algo más de poesía.
Lo despidieron del laburo a principios del año pasado cuando la cosa empezó a ponerse más fulera que de costumbre. La pateó como un campeón, pero no salía nada. Remiseó, pedaleó cual delivery del Tour de France, hizo de albañil, pintor, mecánico. Cavó zanjas, lavó copas, taló árboles. Le ponía garra, pero nunca alcanzaba para correr la coneja y como era de esperarse, tenía que competir por esas changas con otros en la misma que él o con pibes más jóvenes que hacían más por menos porque recién salían de la escuela y no quedaba otra que laburar. Al principio puro empuje, como todos. Hasta que las deudas le reventaron la indemnización y las tarjetas. Consiguió vender un auto podrido y sin papeles que tenía tirado en el fondo de la casa, pero le duró menos que nada. Empezó a bajonearse, a no poder salir de su casa, a no hablar. Después dejó de salir de la cama. La familia lo arrastraba al médico como podía, pero no había tratamiento que le diera en el clavo y en honor a la verdad, tampoco le ponían mucha onda porque los hospitales públicos están estallados y si en la década ganada hacían milagros con alambre y aspirinas ahora casi que lo único que hacen es curar el empacho y la culebrilla antes de mandarte a tu casa, pero eso sí, la tinta china la tenés que llevar vos.
Cuando dejó de comer lo internaron. Estuvo 1 semana adentro. Cuando lo estabilizaron lo mandaron de vuelta. A la semana espichó. No hace falta ser psiquiatra, con ver 3 o 4 Tik Toks de salud mental uno ya sabe que el tipo tenía una depresión galopante. Por alguna razón nadie lo dice. Por ahí porque se cae de maduro, por ahí porque todos estamos un poco así y nos hacemos los boludos, por ahí porque decirlo, ponerlo en palabras, sería como conjurarlo y darle entidad, como le pasa a Harry Potter con Voldemor o a Frodo y Sam con Saurón.
La familia no tiene un mango para enterrarlo. Fueron a la municipalidad a ver si les daban una mano, pero le dijeron que hay lista de espera porque los cementerios municipales están superpoblados y encima, no tienen gente suficiente para cavar las tumbas. También ajustaron en eso. Cuando preguntaron qué hacían con el muerto mientras tanto les dijeron que, casi en tono de gauchada, lo aguantaban un par de días en la morgue, pero que no se dejaran estar. Así que sale colecta porque, aún en el mejor de los casos y con viento a favor, aunque consiguieran enterrarlo o cremarlo sin costo, hay que pagar impuestos y tasas. Curioso destino el del cuerpo humano que, disfrazado de humita en chala para los gusanos, todavía está sujeto a devenires tributarios. Mala nuestra por no ser ricos.
El asunto empeora porque no es el momento ni el lugar para mangueo alguno. No estamos mucho mejor que él. La monada pone lo que puede, unos $1000, otros $500. Una vecina que fue un par de veces a leerle la palabra del Señor que, según ella “todo lo cura y todo lo puede porque es el dios de la esperanza”, dice que no tiene pero promete pasarse la noche rezando por su almita. Agrega –sin que se le pregunte- que el finadito no fue muy receptivo con la buena nueva. Deja entrever que esa fue la razón de la muerte. Como las opciones están abiertas también podría deberse a un dios sorete, a un gobierno crápula, o a una miríada de votantes con graves problemas cognitivos, pero sería al garete sugerirlo porque no deja de ser la misma gente que bombardea países porque se lo dijo dios. La única diferencia es que esta es una vieja que no puede pagar los medicamentos para la presión arterial y los otros pueden darse el lujo de gastarse millones en proyectiles para cañonear los jardines de infantes de Alí babá y Simbad, el marino.
Uno solo aporta un billete importante. Un vecino al que las malas lenguas sospechan un poco narco, un poco pirata del asfalto, asalta bancos, sicario, chorizo de autos de alta gama, puntero del PJ en la mañana y de la Libertad Avanza por la tarde. No hace mucho esfuerzo por sacarse el San Benito, pero el tipo en el barrio siempre fue prolijo. Quizás no muy discreto en navidad cuando tira unos fuegos artificiales que se importan desde Ucrania o pone cachaca en un centro musical HIFI, WIFI, wuachiguau gamer 4k. Cuentan que fueron juntos a la primaria con Cristian, el muerto. No tenían mucha relación parece, pero al narco se lo nota compungido, angustiado; podría haber sido él, o cualquiera de nosotros, que estamos a una enfermedad más o menos costosa de caer en la indigencia.
Dice que si falta algo para la mujer o los hijos de Cristian que le avisen, pero con tiempo, porque el martes va a ir a la marcha del 24 con la familia. Cuando le comentan lo de los impuestos y el tiempo de espera, el tipo saca el celular y hace una llamada larga. Nadie se quedó cerca a escuchar, quizás no fuera del todo sano. El tipo dice que está difícil la cosa, que va a seguir intentando. Por ahí es para ayudar de verdad, por ahí para hacerse el importante. Da igual.
El martes a la mañana enterraron a Cristian en el cementerio de Villegas. Cero trabas y hasta con un féretro de una madera mejor que las de un cajón de manzanas que te dan cuando morís en la calle y nadie te reclama. Suerte, influencias, apriete. A nadie le importa. Cuando alguien se acerca a agradecerle el turbio dice:
-Todos merecemos una muerte digna.
Mientras escucho de fondo el llanto de los deudos pienso, pienso. pero es inútil. Se los juro por la virgencita: ya no sé qué pensar.