Coordenadas

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En ciertas zonas, tenerle fe a Google Maps o a lo que indica el catastro es igual a creer que el ajuste lo paga la casta, es decir, cosa de gente que se drogó mucho, que se droga con esmero o que por su perfil psicológico lo hará de un momento a otro. Vamos, que las cosas están donde están, y a lo sumo, si no son fácilmente ubicables habrá que ingeniárselas porque quienes deberían tirarte la posta no lo van a hacer; entonces, pues, uno busca referencias, hitos reconocibles, mojones visuales, lo mismo que hacía el Pokemon Go, el jueguito aquel de 2016, que usaban los pibes antes de farmear aura. ¿Un local del Partido Obrero? Lugar ideal para gimnasio pokemón. ¿Una panchería, un bunkercito de narcomenudencias?  Una pokeparada reconocible y bien documentada. In your face, Google maps!

La guía Filcar -antigua cartografía de viejos meados- pasó de moda. ¡La muchachada le da duro al telefonito y si el telefonito te dice que el obelisco no existe, por más que estés parado al lado, el obelisco no está, no es, es una entelequia que hizo plop! Y desapareció.

Antes se le preguntaba al policía de la cuadra, o al diarero del barrio, pero nada de eso es costumbre hoy día: unos fajan viejos y discapacitados y otros venden porno para pobres y te cargan la SUBE de mala gana, así que de ubicaciones poco y nada. De más está decir que con el precio del boleto la monada camina más y, por ende, se pierde si no está muy ducho ¿Y si uno se pierde qué hace? Pregunta, siempre y cuando le toque un alma samaritana que quiera responder porque entre el julepe a ser afanado o a que venga un cualquiera a vendernos medias y perfumes turcos la buena voluntad no es precisamente lo que sobra.

Algo de eso me viene a la cabeza en la parada cuando lo veo venir. Es una especie de cosa amorfa, marrón. No se distingue si es el color de la pilcha o la mugre. Se acerca a todos y cada uno de los que tengo delante sin saltearse a nadie. Es como una especie de nieblita espesa, blurreada y difusa.

-Un fisura- pienso y sigo en lo mío hasta que siento el dedito golpeándome en el hombro. Podría ser el destino de dinero y gloria que los reyes nunca me trajeron o el fisura, pero como siempre fui pancho con los zapatitos y el pasto compruebo al darme vuelta que es el fisura. En realidad, no es el sino la. Debajo de toda la mugre y una mata de pelo enredado hay una piba, petisita, de unos veintipocos muy mal llevados, un ojo azul, el otro ciego. Tiene un moretonazo oscuro del lado ciego como si le hubiesen dado una piña hace un par de días. Tiene una botella a medio beber en la mano.

Intenta mirarme fijo a pesar de que el ojo bueno le baile de un lado a otro. Tiene los dientes amarillentos, pero el comedero completo. Necesita llenar la panza más seguido y abrigarse un poco. Tal vez empezar a beber con algo de moderación y aflojarle a las sustancias. Aun así, varios de los que pasan caminando o los mismos de la fila le relojean el culo. Con una baraja más amable hubiese sido indudable, inapelablemente linda. Tiene rasgos finos, nariz respingada, curvas llamativas. Un fenotipo que cualquier nazi patrio envidiaría con fuerza. Si en la cola estuviese algún Bernad Shaw del tercer cordón del conurbano la utilizaría como ejemplar para su propio Pigmalión de cabotaje, pero a falta de un talento mejor estoy yo. Como estoy fumando la piba me manguea un pucho con voz patinosa. Le digo que no. No se siente convencida y se me queda parada al lado, siempre mirándome fijo o al menos intentándolo. Luego de unos segundos de incomodidad le doy el que tengo prendido y otro más, apagado.

– ¿Para mí? – Pregunta. Acto seguido se agacha, deja en la vereda la botella de Fernandito y me abraza. Su olor a chivo me invade de inmediato. Tanteo el teléfono y los documentos. Todavía los tengo. Trato de sacármela de encima sin ser violento y ella afloja.

-Sos bueno- dice. No le contesto.

– ¿Te hago una pregunta? – Dice. No suelo simpático, tampoco un sorete. Últimamente, antes de hacer algo por alguien, pregunto por quién votó, pero en este caso no queda más que hacer una excepción.

-Decime.

– ¿Dónde está la casa de Titi? – Mala mía. Nada bueno podía salir de esto.

-No la conozco.

-Yo sí, es mi prima, vive a 5 cuadras de la mercería, pero cerró y yo me guiaba con eso. Mirá…- me muestra un cachito de papel cuadriculado manchado con fernet y hecho un bollo. Escrito en birome hay un garabato apenas descifrable que dice “por la calle de la estación hasta la mercería, de ahí hasta el almacén”.

-Tampoco hay almacén. También cerró, la concha de la lora- Se pone a llorar. Hace el amague de querer abrazarme de nuevo, pero le esquivo la intensión. Trato de explicarle que no tengo manera de ayudarla, que capaz que, si le pregunta al policía de la esquina, como es del barrio, la puede orientar. Dice que siempre le pegan y quieren que se las chupe, que mejor no. Le sugiero que, como no sabe cómo llegar a lo de Titi, lo mejor que puede hacer es volverse a su casa porque se va a perder más y no es un barrio para estar perdido. Me dice que no tiene ni plata ni SUBE para volverse a “beraza” donde vive con la madre y el padrastro de la Titi, que si no le doy unos mangos para comer algo.

A esta altura del mes sé que no tengo en el bolsillo mucho más que ella, pero hago el acting de que busco a ver si se convence sola y se va. De pronto aparecen otros fisuras como ella, pero algo más lúcidos

-Para allá – le gritan apuntando en dirección a Parque Chacabuco – te dijimos que lo de la Tití es para allá, y esto es de papi, rastrera- agrega uno que le saca la botella de un manotazo. Me mira de arriba abajo.

-Esta se pierde todos los días desde que nació- me dice el tipo intentando algo que parece una sonrisa.

Los fisuras desaparecen. Ella se queda lagrimeando y en un momento se va, ignorándome por completo. A los 5 minutos aparece el colectivo. Me siento del lado de la ventanilla. Sale. Frenamos a dos cuadras, en un semáforo. La piba está sentada en una esquina comiéndose un tomate. Me reconoce. Me muestra el pucho que le di y que se guardó. Me saluda con un beso al aire.

 

La dicha en movimiento

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Salgo del laburo. Es tarde. Está fresco. No es muy común ver banderas de Paraguay y aun así me cruzo con dos o tres que la llevan cual capa superheróica. San Telmo es más proclive a banderas primer mundistas, con otro garbo, otro swing, muy distinto al lugar común del tereré y la guaranía. En la medida que me acerco a Constitución cada vez son más. Todos los bares y cafés de la zona, para paliar la mishiadura, pusieron televisores que transmiten el mundial las 24 hs. Cuando no hay partido, ponen uno repetido, u otro del ascenso, para que la manija no afloje; incluso, un café de aires franceses tiene una promo de chipa gourmet y cocido quemado. Es muy llamativo porque parece que te lo sirven con el carbón y todo. Unas señoras coquetas y recoletas, con sobrada experiencia en té y masitas finas, están chochas con la opción de una merienda étnica. Una le saca fotos a la bandeja para su Instagram.

Tu esqueleto nos trajo hasta aquí

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Morirse, lo que se dice morirse como dios manda, ya no es lo de antes. Ni siquiera queda la épica respetuosa del olvido. Cuenta la leyenda que a Borges le había impresionado tanto el tratamiento que la sociedad le dio a la muerte de Balbín que por eso se fue a morir al primer mundo bajo una lápida inscripta en sajón antiguo, porque muertes cool, lo que se dice, cool, acá no se consiguen. Las muertes de cabotaje, patrias, las muertes nativas son siempre polémicas, criticadas, sacramentadas, sospechosas, grandilocuentes, que empuercan al muerto o a sus deudos, que llevan agua para distintos molinos y harinas para costales de diversos precios y calidades. Más aún si el fiambre es alguien que por una cosa u otra acariciaba o golpeaba los cojones de una sociedad siempre en duermevela y porreada.

Violinistas sin tejado

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Los veo de lejos. Son dos niñatos, un pibe y una piba de no más de veinte pirulos. Pilcha formal. Pulcros, arreglados. Y con 2 violines. No son habitués de la fila, pero hoy casi nadie lo es. Están entre los quichicientos mil estudiantes que vinieron a la marcha universitaria, luego se fueron a tomar algo y decidieron enfilar para sus ranchos justo, justo a la misma hora que yo salgo del laburo. La cola llega hasta la esquina de Salta y Brasil, da la vuelta y casi llega hasta Lima. La montonera de gente entre fila y transeúntes es discepoliana solo que en lugar de biblias y calefones hay hermanos tercermundistas venidos desde las letrinas de todo el globo, faloperos nativos, trabajadorxs sexuales, predicadores del emprendedurismo carterista, universitarios fans de la narratología de Propp y niñatas militantes con remeras de Cristina y Axel de cuando eran carne y uña.

Síndrome de China

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Lukita, dice, cuando se presenta a sí mismo. Treinta y pocos. Petisón. Bigote. Boina de viejo, campera setentista. Morral. Anteojos. Habla con todos los de la fila del bondi, no hay quien no lo conozca. A todos saluda con un beso y les pregunta por sus familiares llamándolos por su nombre. También con los colectiveros, raza parca si las hay, que también lo reconocen. No solo tiene una memoria prodigiosa, sino que no olvida una cara. Es esa clase de persona amable que dice buen día, por favor y gracias, que cede el asiento a viejos, embarazadas y mujeres con bolsas. Siempre sonriente, optimista y buena onda. Pura ganancia dirían esos progres incautos, pero no, Lukita es una rara avis de la infiltración ideológica. Escucha, escucha y escucha. Parece que presta atención y lo hace, pero agazapado. Espera. Tal vez sea su mayor virtud, la paciencia; porque no te la larga a los 5 minutos de conocerte, se cuida bien de no hacer saltar la perdiz, porque sabe que de otro modo no tendría cabida. Lo vi esperar meses antes de mostrar su jugada. Lukita es, en suma, un evangelista motivado, militante, enfocado en una sola cosa: salvar tu alma, aunque no quieras.

Aquí, allá y en todas partes

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Borges decía que morir es una costumbre que suele tener la gente y razón no le faltaba, más si justo te toca vivir bajo dictaduras o democracias medio pelo donde podés ser todo lo libre que quieras mientras no reclames laburo y un cacho de pan para darle a la patrona y a los pibes. Pienso en eso ni bien me entero. Me lo cuentan mis viejos. Se murió un vecino, Cristian. 35 años. Esposa y 2 hijos.

–Se dejó morir- dicen en el barrio.

-Se le secó la vida- Dice una vecina con algo más de poesía.

Xuper reforma

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Cualquier progre bien pensante y con los patos en fila pensaría que la montonera estaría preocupada por la reforma laboral, por su futuro, el de sus hijxs, y en el mejor de los casos, por el del país. Pues no, porque los progres cotizan a la baja, dicen boludeces como “vamos a volver mejores” y encima, si los dejás hablar, chorrean antisemitismo disfrazado de nacionalismo ecologista en cuanto ven un incendio. Los montones, como bien saben los que se levantan a las 6 de la matina y viajan 2 horas apiñados entre sudores, se preocupan por asuntos más pedestres porque, a fuerza de que los caguen una y otra vez, han decidido ocuparse de lo urgente más que de lo importante. Así que la preocupación en la fila del tren y de la guardia de la salita de primeros auxilios del barrio no es que les van a cortar las vacaciones -que pocos tenían- ni que les vayan a descontar parte del sueldo por luxarse jugando a la payana con los pibes. A la muchachada, lo que más le preocupa en estos tiempos convulsos y psiquiátricos, es que les sacaran el Magis, el Xuper, y todas las apps que les dejaban ver futbol y novelas turcas sin pagar. Así de sencillo. Muchos habían dado de baja el cable o vendido la antena del televisor. Los que todavía pagaban Netflix y sus parientes habían cancelado la suscripción si total tenían todo para sentirse más o menos felices cuando llegaban de laburar y ahogaban las penas inflacionarias de su propio INDEC existencial fritándose el balero con películas de superhéroes que pueden lo que ellos no. O por ahí flasheaban amores primermundistas con esas novelas conservadoras, cis-heterosexuales, machistas, paquis y reaccionarias donde el ser amado es una propiedad más o menos a la altura de una casa con pileta y amenitis.

Las geopolíticas de tu corazón

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Son épocas en las que o bien uno se cansa de ser hombre, como decía Neruda en un poema, o bien se frota las manos porque corren buenos tiempos para la gente marchosa, como también dijo Serrat. El problema es que ni Serrat ni Neruda vivieron en un mundo tan, pero tan pedorro como este. No es que el pasado haya sido mejor, ni que la diferencia entre el bien y el mal hubiese estado antes más clara que ahora. Nada de eso. Lo que pasa es que quienes ya encontramos canas en el impostor escondido tras el espejo también tenemos una memoria que nos permite predecir ciertas cosas gracias a ella, aunque ninguna sea buena. Cuando uno le dice a los chicos que no metan el cuchillo en el enchufe no lo hace producto de la lógica aristotélica tardo-medieval sino fruto de haber hecho lo mismo en sus años mozos con consecuencias más o menos esperables. Entonces no queda más que sentir ese aire de “esto ya pasó y no terminó bien” cuando un grupete de trabajadores precarizados venezolanos se ponen a saltar en la esquina de Pueyrredón y Las Heras al enterarse que secuestraron a su dictador, pero olvidando que dejaron en pie su dictadura y les pusieron otro, porque la felicidad es así, poco dada a los detalles.

Los misterios

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Vengo de un velorio. Una amiga que se mudó de barrio, pero no por propia voluntad. Ya estaba en edad de merecer, pero eso no quita que podría haber tirado un tiempo más. Seguro que un día se levantó, vio un mundo con libertarios hasta en la sopa, pensó “pa´ lo que hay que ver”, dijo buen provecho y se tomó un remís al más allá. Mal timing, la vieja, porque me engancha sin un centavo para la corona. Además, son malos tiempos para la reflexión existencial cuando uno está pensando más en cómo garpar la tarjeta que en el sentido de la condición humana.

Los frutos de tu dios

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El calor, como el peronismo, es incorregible y siempre vuelve, pero peor. Este año, por ejemplo, cayó antes. Cuando todavía ni soñábamos en bajar del aparador la ropa de verano apareció y nos dejó con poleras y bufandas en mitad de un desierto de 28 grados a la sombra. Se nota por el olor que despide la marea humana apiñada dentro del colectivo y se nota, sobre todo por la primera piba desmayada de la temporada. Agustín de Hipóna (o Tagaste si uno es muy pero muy requeteculto) proponía que un signo es algo que está en lugar de otra cosa. La desmayada es, pues, un signo de que los colectivos más o menos modernos apenas tienen ventanilla. ¿Por qué? Porque los construyeron para tener aire acondicionado en verano, calefacción en invierno y que la gente no desperdiciara nada corriendo los vidrios. Eso sí, siempre y cuando le hagas mantenimiento y pagues la energía necesaria para que funcione.

El truco de la magia

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Si uno no ve escenas extrañas en su vida cotidiana es porque o sale más bien poco o mira mal. A diferencia de Dios, que te tira un milagro cada muerte de obispo, el mundo es generoso con esas cosas. Nos parece que por lo general no pasa nada porque a fuerza de hacernos los boludos nos crece un cayo en la mirada de tanto no mirar lo que nos duele, nos avergüenza o nos espanta; una dureza que nos corta de cuajo la sorpresa. Cualquier antropólogo de morondanga, periodista o psicólogo social que cursa el CBC puede dar cuenta de que algo más de lo que vemos está pasado ahí afuera. No lo dice la radio, no lo cuenta la tele, se lo dice la gente, lo charla entre ella, se lo comenta a sí misma de una forma que los medios no pueden (y no podríamos) reproducir. Como un chusma que espera la hora en que llega la vecina para verla tras la cerradura, o el voyeur que asoma la cabeza por el pulmón del edificio todas las noches para ver si engancha cogiendo a la parejita del 5c, la mayoría de las veces solo vemos lo que queremos ver y nada más. Pescamos en una pecera unos pescaditos de mierda.  Ahora bien, así como no sabemos por obra y gracia de la superposición cuántica, si el gato de Schrödinger está vivo o muerto, tampoco podemos saber si viene o no el colectivo, si la muchachada que se apretuja a nuestro alrededor llega o no a fin de mes, si el que fuma paco en la parada se va a poner agresivo o si los pibes que se subieron al techo del Belgrano Sur perderán o no la cabeza cuando pasemos por el puente de Pompeya. Solo sabemos lo que otrxs dicen, lo que nos cuentan o –con sus bemoles- lo que vemos in situ, o como dicen los pibes, de frente manteca.

Precauciones

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Es sabido que si hay elecciones hay que comprar lo que se necesite antes porque luego todo aumenta. Lo sabe cualquiera con dos dedos de frente. Lo sabe el comerciante que se cree potentado y entonces se stockea barato para vender caro porque la libertad que reparte la mano invisible del mercado es solo para ellos. El resto que se joda. Lo sabe el pobre tipx de a pie que capaz señó los materiales para construirle una piecita a los pibes y se encuentra al día siguiente con un recargo imposible de pagar y encima no le devuelven lo que puso.

Un fantasma recorre el mundo

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Estoy en el refugio sentado en un banquito de cemento pijotero y frío. Mientras me vuelvo viejo esperando el colectivo llega uno, que no es el mío. Frena. De la puerta de atrás baja un pibe morochón. No está mal vestido, no parece falopero. Por el corte de pelo podría aventurarse que es policía. Está bajando, pero en un santiamén deshace un escalón, estira la mano y le birla el celular a una flaca que estaba regaladísima twiteando lo último de Mauro, Wanda y la China.

Porno y Estado

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Hoy día el empleado público es como un actor porno. Una vez dentro, no hay forma de salir. Un tercio de la población te odia porque cree que sos el responsable del cáncer de su abuelita; otro te desprecia porque sospecha que tenés beneficios que ellos no, aunque no pueda precisarlos. El otro tercio está compuesto por los mismos empleados públicos, sus familias y un montón de jipis progres que se acordaron de defender lo público cuando les clausuraron el baldío donde plantaban mijo y se juntaban a fumar porro en mitad de Parque Chas.

Teogonías

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Colectivo semi repleto. Media mañana. Lunes. Sin preguntarse por si es o no correcta la oportunidad, una pareja que va con una bebé comienza a moverse en sus asientos. Inquietos, revuelven cosas en un bolso de mano, intercambian lugares. El tipo se pone de pie. La mujer extiende una mantita, desnuda a la bebé y le cambia el pañal. El olor a mierda entre sólida y chiclosa inunda al colectivo que, como está fresco, lleva las ventanillas cerradas. Alguien tira unas arcadas que todos ignoramos, pero no impugnamos. Se corren todos los vidrios e incluso el chofer abre las puertas a riesgo de perder a alguno de los que van parados porque es medio salvaje, y cuando dobla parece uno de esos psiquiátricos que hacen motociclismo en La isla de Man.

Sembrando vientos

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El tipo está en la parada. Usa una pilcha de recolector de residuos, aunque no lo sea. Pantalón arremangado, chomba de un gris que ha tenido mejores días, gorrita con el logo de Aston Martin. También está su pareja, una piba de unos 40 que parece de 70 y cuando habla razona no muy distinto a como lo hace una de 19, como mucho votante en los últimos 20 años. Le faltan varios dientes. Van con 4 nenes. El menor de unos meses, el mayor de unos 8 y los otros dos andarán en el medio, todos varoncitos. Los tengo vistos porque se pasaron el verano entero viajando por las noches en el mismo colectivo que yo. Por lo que pude cazar ella y los nenes iban a lo de algún pariente con pelopincho en zona sur. Los fines de semana se quedaban ahí. Él iba a cartonear, a rebuscar alguna changa, a hacer de trapito en recitales, vender choris, espejos, lo que sea para no tener que correr la coneja. Se encuentran siempre en la parada porque ella deja pasar los bondis hasta que el tipo aparece. Son reconocibles por los nenes, particularmente quilomberos. No es algo que merezca decirse del más chiquito cuya naturaleza es básicamente gritar sino de los otros que nunca se quedan quietos salvo que se los recontra cague a pedos a grito pelado o se los zamarree un poco. Alguno se ha comido uno que otro castañazo a destiempo, pero mejor tarde que nunca.

Blancas palomitas

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Son un fenómeno del paisaje, habitual, pero también disonante. No es que no están, no son o son una entelequia, no señor, están ahí, pero se camuflan hasta que llega diciembre o febrero. Esa es su temporada alta, solo que, a diferencia de los comerciantes de lugares turísticos, estos no roban, o sí, pero de otra manera. Son los que se llevaron materias. Por vagos, lelos, mal afortunados o simplemente porque el profe les tiene bronca por votar a Milei y querer vivir del mundo cripto, lxs pibitxs andan en uniforme o guardapolvos cuando la muchachada sale a comprar el pan dulce o la espuma del carnaval. Sus caras lo dicen todo, caras de hartazgo no asumido, de calor, de querer irse a boludear como lo hacen los que tuvieron el buen tino de copiar la tarea sin alardes. Ni hablar si los padres los amenazaron con sacarles algo o lisa y llanamente molerlos a palos.

Ideas precarias

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Viernes. Me dejaron salir del laburo apenas un rato después de llegar porque no hay luz ni agua en San Telmo. Lo que debería ser una fiesta se transforma en una tortura cuando al salir a la calle me golpea una pared de calor infernal. Tomo el colectivo. Me siento de casualidad del lado del sol. ¡Apenas subir a la autopista, pum!  embotellamiento. Un montón de infelices sin luz cortaron toda la mano rumbo a provincia porque quieren tener, sino una vida digna, al menos un ventilador Liliana prendido. Somos 70 almas encerradas en una lata sin aire acondicionado, al rayo del sol. Son las 2 de la tarde. No pasaron 20 minutos que ya nadie tiene agua, ni gaseosa, ni saliva. La única humedad posible es la transpiración y el recuerdo que los afortunados tengan de alguna noche lúbrica y jocosa.