La dicha en movimiento

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Salgo del laburo. Es tarde. Está fresco. No es muy común ver banderas de Paraguay y aun así me cruzo con dos o tres que la llevan cual capa superheróica. San Telmo es más proclive a banderas primer mundistas, con otro garbo, otro swing, muy distinto al lugar común del tereré y la guaranía. En la medida que me acerco a Constitución cada vez son más. Todos los bares y cafés de la zona, para paliar la mishiadura, pusieron televisores que transmiten el mundial las 24 hs. Cuando no hay partido, ponen uno repetido, u otro del ascenso, para que la manija no afloje; incluso, un café de aires franceses tiene una promo de chipa gourmet y cocido quemado. Es muy llamativo porque parece que te lo sirven con el carbón y todo. Unas señoras coquetas y recoletas, con sobrada experiencia en té y masitas finas, están chochas con la opción de una merienda étnica. Una le saca fotos a la bandeja para su Instagram.

Xuper reforma

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Cualquier progre bien pensante y con los patos en fila pensaría que la montonera estaría preocupada por la reforma laboral, por su futuro, el de sus hijxs, y en el mejor de los casos, por el del país. Pues no, porque los progres cotizan a la baja, dicen boludeces como “vamos a volver mejores” y encima, si los dejás hablar, chorrean antisemitismo disfrazado de nacionalismo ecologista en cuanto ven un incendio. Los montones, como bien saben los que se levantan a las 6 de la matina y viajan 2 horas apiñados entre sudores, se preocupan por asuntos más pedestres porque, a fuerza de que los caguen una y otra vez, han decidido ocuparse de lo urgente más que de lo importante. Así que la preocupación en la fila del tren y de la guardia de la salita de primeros auxilios del barrio no es que les van a cortar las vacaciones -que pocos tenían- ni que les vayan a descontar parte del sueldo por luxarse jugando a la payana con los pibes. A la muchachada, lo que más le preocupa en estos tiempos convulsos y psiquiátricos, es que les sacaran el Magis, el Xuper, y todas las apps que les dejaban ver futbol y novelas turcas sin pagar. Así de sencillo. Muchos habían dado de baja el cable o vendido la antena del televisor. Los que todavía pagaban Netflix y sus parientes habían cancelado la suscripción si total tenían todo para sentirse más o menos felices cuando llegaban de laburar y ahogaban las penas inflacionarias de su propio INDEC existencial fritándose el balero con películas de superhéroes que pueden lo que ellos no. O por ahí flasheaban amores primermundistas con esas novelas conservadoras, cis-heterosexuales, machistas, paquis y reaccionarias donde el ser amado es una propiedad más o menos a la altura de una casa con pileta y amenitis.