Síndrome de China

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Lukita, dice, cuando se presenta a sí mismo. Treinta y pocos. Petisón. Bigote. Boina de viejo, campera setentista. Morral. Anteojos. Habla con todos los de la fila del bondi, no hay quien no lo conozca. A todos saluda con un beso y les pregunta por sus familiares llamándolos por su nombre. También con los colectiveros, raza parca si las hay, que también lo reconocen. No solo tiene una memoria prodigiosa, sino que no olvida una cara. Es esa clase de persona amable que dice buen día, por favor y gracias, que cede el asiento a viejos, embarazadas y mujeres con bolsas. Siempre sonriente, optimista y buena onda. Pura ganancia dirían esos progres incautos, pero no, Lukita es una rara avis de la infiltración ideológica. Escucha, escucha y escucha. Parece que presta atención y lo hace, pero agazapado. Espera. Tal vez sea su mayor virtud, la paciencia; porque no te la larga a los 5 minutos de conocerte, se cuida bien de no hacer saltar la perdiz, porque sabe que de otro modo no tendría cabida. Lo vi esperar meses antes de mostrar su jugada. Lukita es, en suma, un evangelista motivado, militante, enfocado en una sola cosa: salvar tu alma, aunque no quieras.