El truco de la magia

Posteado el

Si uno no ve escenas extrañas en su vida cotidiana es porque o sale más bien poco o mira mal. A diferencia de Dios, que te tira un milagro cada muerte de obispo, el mundo es generoso con esas cosas. Nos parece que por lo general no pasa nada porque a fuerza de hacernos los boludos nos crece un cayo en la mirada de tanto no mirar lo que nos duele, nos avergüenza o nos espanta; una dureza que nos corta de cuajo la sorpresa. Cualquier antropólogo de morondanga, periodista o psicólogo social que cursa el CBC puede dar cuenta de que algo más de lo que vemos está pasado ahí afuera. No lo dice la radio, no lo cuenta la tele, se lo dice la gente, lo charla entre ella, se lo comenta a sí misma de una forma que los medios no pueden (y no podríamos) reproducir. Como un chusma que espera la hora en que llega la vecina para verla tras la cerradura, o el voyeur que asoma la cabeza por el pulmón del edificio todas las noches para ver si engancha cogiendo a la parejita del 5c, la mayoría de las veces solo vemos lo que queremos ver y nada más. Pescamos en una pecera unos pescaditos de mierda.  Ahora bien, así como no sabemos por obra y gracia de la superposición cuántica, si el gato de Schrödinger está vivo o muerto, tampoco podemos saber si viene o no el colectivo, si la muchachada que se apretuja a nuestro alrededor llega o no a fin de mes, si el que fuma paco en la parada se va a poner agresivo o si los pibes que se subieron al techo del Belgrano Sur perderán o no la cabeza cuando pasemos por el puente de Pompeya. Solo sabemos lo que otrxs dicen, lo que nos cuentan o –con sus bemoles- lo que vemos in situ, o como dicen los pibes, de frente manteca.