Viernes. Me dejaron salir del laburo apenas un rato después de llegar porque no hay luz ni agua en San Telmo. Lo que debería ser una fiesta se transforma en una tortura cuando al salir a la calle me golpea una pared de calor infernal. Tomo el colectivo. Me siento de casualidad del lado del sol. ¡Apenas subir a la autopista, pum! embotellamiento. Un montón de infelices sin luz cortaron toda la mano rumbo a provincia porque quieren tener, sino una vida digna, al menos un ventilador Liliana prendido. Somos 70 almas encerradas en una lata sin aire acondicionado, al rayo del sol. Son las 2 de la tarde. No pasaron 20 minutos que ya nadie tiene agua, ni gaseosa, ni saliva. La única humedad posible es la transpiración y el recuerdo que los afortunados tengan de alguna noche lúbrica y jocosa.
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Coberturas
Posteado elCoronel Díaz y Santa Fé. Nadie diría que el Estado de Bienestar quemaría sus últimos cartuchos en una de las esquinas más recoletas de la ciudad, pero como en la Argentina las vacas vuelas y los radicales votan a Perón nada sorprende. Son las 19:30 de un miércoles húmedo y caluroso de diciembre. Eso no impide que 12 vejetes que fueron al secundario con José María Paz se junten alrededor de una mesita, cada uno con un montoncito de volantes y unos tachitos de metal. No son unos viejos meados del conurbano, esos que vienen de mil generaciones de cagados de hambre. No, estos son pitucos, bien vestidos, arreglados, con la piel blanca lechosa que tanto excitaba a los fans de la mitteleuropa. Las mujeres bien podrían haberse camuflado en los cacerolazos con ollas Essen que se hacían en el gobierno de Cristina reclamando transparencia gubernamental y buenos modales y que ya no hacen mitad porque tuvieron a bien morirse o mitad porque por ahí no era eso lo que les interesaba, sino que querían sacar a pasear a las empleadas domésticas para que tomaran aire y les batieran los tachitos.
Willendorf
Posteado el92 personas en la fila. Todas puteando al creador del cielo y de la tierra, al pelotudo del Tío Alberto y al subnormal de Milei que de tanto practicar el incesto se olvidó de arreglar el asuntito del subsidio con los colectiveros; y los tipos, como todo empresario que se precie, deciden cagarse en el prójimo en pos de pagar la cuota que les queda del yate. La fila llega hasta la esquina y la dobla, complicándoles la vida a la trabajadora sexual, a un vendedor de empanadas al paso y a un discreto vendedor de paco que atiende en esos lares. Estoy en mitad de la fila así que hace más de una hora y media que espero. Llega el último, el de las 11 de la noche. El chofer, un pibito gaucho que no había nacido cuando se estrenó Gran Hermano, deja pasar a los que no tienen saldo en la SUBE y nos pide, porfa, que hagamos lugar, así suben todos. También se copa y nos advierte que vayamos haciendo números porque parece que el boleto del semirápido se va a $500 y la vamos a parir.