Son épocas en las que o bien uno se cansa de ser hombre, como decía Neruda en un poema, o bien se frota las manos porque corren buenos tiempos para la gente marchosa, como también dijo Serrat. El problema es que ni Serrat ni Neruda vivieron en un mundo tan, pero tan pedorro como este. No es que el pasado haya sido mejor, ni que la diferencia entre el bien y el mal hubiese estado antes más clara que ahora. Nada de eso. Lo que pasa es que quienes ya encontramos canas en el impostor escondido tras el espejo también tenemos una memoria que nos permite predecir ciertas cosas gracias a ella, aunque ninguna sea buena. Cuando uno le dice a los chicos que no metan el cuchillo en el enchufe no lo hace producto de la lógica aristotélica tardo-medieval sino fruto de haber hecho lo mismo en sus años mozos con consecuencias más o menos esperables. Entonces no queda más que sentir ese aire de “esto ya pasó y no terminó bien” cuando un grupete de trabajadores precarizados venezolanos se ponen a saltar en la esquina de Pueyrredón y Las Heras al enterarse que secuestraron a su dictador, pero olvidando que dejaron en pie su dictadura y les pusieron otro, porque la felicidad es así, poco dada a los detalles.