Son épocas en las que o bien uno se cansa de ser hombre, como decía Neruda en un poema, o bien se frota las manos porque corren buenos tiempos para la gente marchosa, como también dijo Serrat. El problema es que ni Serrat ni Neruda vivieron en un mundo tan, pero tan pedorro como este. No es que el pasado haya sido mejor, ni que la diferencia entre el bien y el mal hubiese estado antes más clara que ahora. Nada de eso. Lo que pasa es que quienes ya encontramos canas en el impostor escondido tras el espejo también tenemos una memoria que nos permite predecir ciertas cosas gracias a ella, aunque ninguna sea buena. Cuando uno le dice a los chicos que no metan el cuchillo en el enchufe no lo hace producto de la lógica aristotélica tardo-medieval sino fruto de haber hecho lo mismo en sus años mozos con consecuencias más o menos esperables. Entonces no queda más que sentir ese aire de “esto ya pasó y no terminó bien” cuando un grupete de trabajadores precarizados venezolanos se ponen a saltar en la esquina de Pueyrredón y Las Heras al enterarse que secuestraron a su dictador, pero olvidando que dejaron en pie su dictadura y les pusieron otro, porque la felicidad es así, poco dada a los detalles.

Los pibes se abrazan, saltan, cantan su himno. Unos hacen una vaquita y entran corriendo al mismo lugar donde van a buscar la mercadería que reparten y salen con un pack de cervezas de esas baratas que se dicen dinamarquesas pero que en realidad hace una fábricucha que explota a sus empleados en la parte fulera de Florencio Varela. Una vieja teñida de rubia con ganas de sentirse protagonista sale de un edificio de la cuadra y se acerca a los muchachos. Usa unas gafas oscuras sesenteras, gigantes y de carey. Tiene en la mano una bandera venezolana recién impresa en una hoja A4 que del otro lado tiene una factura de Edenor . Se mete de prepo en el amuchamiento. Los pibes se miran como no entendiendo si es una joda, si está loca o falopeada. Los pibes le sonríen por respeto, pero no la suman a la charla ni a los festejos. La vieja a falta de olla bajó con un wok al que le pega con un peine para gatos. Cuando corta el semáforo, y como ve que no le van a dar pelota, se va hasta mitad de la avenida y salta mientras le pega al wok y blande al mismo tiempo la banderita de papel. Hace un bailecito de felicidad que da vergüenza ajena, no de la ideológica –que también…– sino de la otra, la estética. Tiene un aire a una Lilia Lemoine de la tercera edad, así de buena y así de tronada. Las sandalias Crocs que lleva tienen los colores de la bandera de Estado Unidos. Un mendigo que suele pernoctar bajo el monumento a Guillermo Rawson que está ahí, a unos metros, y que a veces dice ser ex combatiente de Malvinas le mira los pies con bronca y niega con la cabeza mientras habla consigo mismo o con sus delirios. Da igual. También hay días en los que dice haber sido abogado, cantor de tangos y plomero. Como el semáforo es larguero se me acerca y me tira un mangazo de puchos, no le doy, pero más que puchos quería hablar así que aprovecha y me cuenta que la vieja está cucú, pero que no es peligrosa. Que en el mismo edificio –apunta con el dedo- vive un pibito hijo de un fiscal que toma mucha merca y ese sí es un peligro para cualquiera porque se estroló contra el barandal de la plaza Emilio Mitre con una camioneta del espacio y nadie dijo ni mú.

–Vicio feo– agrega, mientras hace el gesto típico del adicto con una naturalidad envidiable.

También me cuenta que la vieja se suma a todo lo que le dice la tele. Cacerolazo contra Cristina, se suma. Nisman, se suma. Contra la cuarentena, contra los gays, contra los pobres, se suma. Depende de los días está en contra de los inmigrantes. Hoy parece que no.

–Una vez me regaló un kilo de café. Otra un cable de celular, como si tuviera dónde enchufarlo–. Me sonríe. Le falta la mitad del comedero. Me gana por lo buena onda, le tiro los últimos mangos que tengo en el bolsillo. Me agradece. Espero que les de un buen uso porque acabo de quedarme sin el alfajor que me iba a desayunar.

Los pibes están frenéticos llamando y recibiendo mensajes por celular. A uno le suena. Dice ilusionado en un castellano enrevesado, como si la sola noticia le borrara los años de entonación argenta:

–Seguro es mi maita, pana–. Atiende. Le yerra, es la app que le avisa que tiene un pedido. Entra al local, sale con una bolsa de carbón, dos cervezas, una coca y un fernet que mete en la caja roja y sale pedaleando cual Kevin Bacon en una película ochentera que se llamaba Quicksilver y que no vio nadie. Tiene una sonrisa que le ocupa la mitad de la jeta.

De pronto y en un lapso de 5 minutos caen un móvil de televisión, otro de radio, y unos cuasi adolescentes con unas pecheras de escuela privada de periodismo para hacer la nota de color que todo buen consumidor desea para su piel de verano. Los venezolanos prefieren darle notas a los de la tele y a los de la radio. Los adolescentes se quedan con la ñata contra el vidrio. Una piba venezolana, veintilargos, treintipocos, transpirada de haber estado pedaleando toda la madrugada, ojerosa y con la voz entrecortada se les acerca. Los pibitos les preguntan todo junto, como atolondrados, sin mucho oficio, pero con ganas de hacer la nota de sus vidas. La piba en un momento les dice:

–Tuvimos un paraíso, pero se nos fue de las manos–.

Pensé que la única verdad era la muerte. Ahora sé que hay dos.