Morirse, lo que se dice morirse como dios manda, ya no es lo de antes. Ni siquiera queda la épica respetuosa del olvido. Cuenta la leyenda que a Borges le había impresionado tanto el tratamiento que la sociedad le dio a la muerte de Balbín que por eso se fue a morir al primer mundo bajo una lápida inscripta en sajón antiguo, porque muertes cool, lo que se dice, cool, acá no se consiguen. Las muertes de cabotaje, patrias, las muertes nativas son siempre polémicas, criticadas, sacramentadas, sospechosas, grandilocuentes, que empuercan al muerto o a sus deudos, que llevan agua para distintos molinos y harinas para costales de diversos precios y calidades. Más aún si el fiambre es alguien que por una cosa u otra acariciaba o golpeaba los cojones de una sociedad siempre en duermevela y porreada.
Más o menos eso me viene a la cabeza cuando en la fila, los pibes de adelante comentan cómo les fue en el velorio multitudinario del Indio Solari. Se los nota más enardecidos que compungidos, más manijas que tristes. Como si hubiesen ido al mejor recital de todo el condado translunar y ahora arrastraran ese cansancio de fin de fiesta tan típico de las orgías. Tienen ojeras profundas, llevadas de arrastre. La barba desprolija, los pelos revueltos. Cuentan que a pesar de la lluvia y el frío pudieron comprar bufandas y guantes mágicos conmemorativos, que comieron pizza, empanadas y hasta porciones de locro y lentejas calentitas para el bolsillo de las damas y las carteras de los caballeros.
Uno de ellos saca el celular y le muestra a los otros: selfies con la familia llegando a la fila del velorio en Avellaneda, selfies con desconocidos posando el llanto, selfies embanderados de la iconografía distintiva del muerto, selfies con mascotas que ladran al ritmo de canciones, comiendo redonditos de ricota, selfies con nubes de lluvia que se parecen a Maradona y a Gardel, al Indio y a Fangio, a Mufasa y a Gokú. No pueden sino contarse anécdotas, que es lo que hacemos todos cuando espicha alguien querido. No todas pueden ser ciertas o no todas pueden ser propias. No llegan a los 30, pero hablan de cuando fueron a Cemento, no parecen muy outsiders, pero se narran resistencias ricoteras a cascotazo limpio contra una cana más profesional en su memoria que en la realidad. Uno, incluso, lagrimea cuando empieza a enumerar los momentos de su vida con el Indio y sus bandas sonando de fondo. Es cierto que algunos de esos momentos son de los importantes, de esos que nos marcan: muertes, enamoramientos, polvos, decepciones, traiciones, extravíos varios y alegrías piguyis y de las otras. Eventos canónicos como le dicen los fanáticos de los comics de superhéroes. Sin embargo, otro de los pibes se descuelga enumerando momentos más pedestres, cotidianos. Cuenta que un hermano mayor -tal vez muerto por el tono que usa- le cocinaba papas fritas escuchando Ñam fri frufi fali fru o que un cassette TDK con un concierto de los redondos grabado de la Rock&Pop endereza la mesita de luz de su madre desde el año `97. Les confiesa algo: el sábado a la noche fue con una prostituta que le pidió perdón, pero que no atendía, estaba triste por lo del Indio. Otro dice que es cierto, que fue al mecánico y lo encontró llorando en la fosa mientras sonaban los redondos. El tipo no pudo seguir. Ese día cerró el taller. Se sentó en el agujero ese y se quedó mirando la nada hasta que el imperio de la realidad lo obligó a seguir porque muy poético eso del duelo, pero los hijos no comen nostalgia ni su hambre se preocupa mucho por la muerte de la juventud, que es, sospecho, lo que todos fueron a velar.
Otro dice que nunca pensaba en el Indio, que capaz sonaba en la radio y no le daba bola, que le hacían una nota y la ignoraba, que nunca fue un seguidor ni un fan ni de él, ni de Sky ni de ninguno de los otros músicos, que a él le cabía más Soda Stereo, pero que ni bien se enteró de su muerte descubrió que no solo no se había ido, sino que siempre había estado ahí. Supongo que hay filosofía en cualquier lugar donde la muerte te ponga los puntos. Algo de eso mismo le pasó a Borges -otra vez- con los camellos del Corán. Sugería que Mahoma, como árabe auténtico, no tenía necesidad de mencionarlos porque de tan cotidiano se caía de maduro que ahí estaban. Como tantas otras veces, se equivocaba, en el Corán hay camellos, pero se entiende el punto. No hace falta que algo esté a la vista y en primer plano para que su presencia nos afecte de algún modo. Bien lo saben los que tienen cáncer, los adictos en recuperación y los peronistas de paladar negro: la pulsión insiste y persiste.
Capaz que de ahí vienen nuestro asuntito irresuelto con los muertos. Los mexicanos, por ejemplo, se llevan de maravilla con sus finaditos. Los celebran de puta madre. Igual que unos pibes de Madagascar que cada cierto tiempo, en el marco de una parranda a la que llaman Famadihana, exhuman los cadáveres y bailan con ellos y les cambian de pilcha para que estén a gusto y se sientan recordados. No los transforman en dioses intocables u oráculos que adivinan el pasado. Los recuerdan esperando alguna vez ser ellos mismos recordados con igual cotidianeidad porque, al fin y al cabo, estirar la pata, lo que se dice estirar bien la pata, nos va a pasar a todos y está bueno no dejar deudas y tener todo ordenado.
Uno comenta que fue hasta la casa del Indio cuando se enteró y que quedó impactado por las mansiones de Parque Leloir. Nunca había ido. Cuando se volvía, luego de que la policía los gaseara por amontonarse a cantar frente al portón, se volvió pateando hasta Morón. ¿Cuánta guita hay que tener para vivir ahí? – Se pregunta -Había casillas de seguridad en todas las esquinas.- Y cuenta:
-En mi barrio pusieron alarmas vecinales cada 2 cuadras después de que cortáramos la ruta pa´pedir seguridad. Después de un año las pusieron. El problema es que están muy cerca unas de otras entonces cuando suena una, suenan todas. Cuando salís a apagarlas se apagan todas. Todos los barrios son una sirena constante de día y de noche. A los chorros les chupa un huevo. A mí no me dejan dormir. Eso sí, tienen algo re bueno. Las podés hacer sonar para celebrar los goles del partido.
-Ojalá se le pudiera poner canciones del Indio – dice uno.
-Re sí, amigo, re sí – agregan los otros.