Coronel Díaz y Santa Fé. Nadie diría que el Estado de Bienestar quemaría sus últimos cartuchos en una de las esquinas más recoletas de la ciudad, pero como en la Argentina las vacas vuelas y los radicales votan a Perón nada sorprende. Son las 19:30 de un miércoles húmedo y caluroso de diciembre. Eso no impide que 12 vejetes que fueron al secundario con José María Paz se junten alrededor de una mesita, cada uno con un montoncito de volantes y unos tachitos de metal. No son unos viejos meados del conurbano, esos que vienen de mil generaciones de cagados de hambre. No, estos son pitucos, bien vestidos, arreglados, con la piel blanca lechosa que tanto excitaba a los fans de la mitteleuropa. Las mujeres bien podrían haberse camuflado en los cacerolazos con ollas Essen que se hacían en el gobierno de Cristina reclamando transparencia gubernamental y buenos modales y que ya no hacen mitad porque tuvieron a bien morirse o mitad porque por ahí no era eso lo que les interesaba, sino que querían sacar a pasear a las empleadas domésticas para que tomaran aire y les batieran los tachitos.