Salgo del laburo. Es tarde. Está fresco. No es muy común ver banderas de Paraguay y aun así me cruzo con dos o tres que la llevan cual capa superheróica. San Telmo es más proclive a banderas primer mundistas, con otro garbo, otro swing, muy distinto al lugar común del tereré y la guaranía. En la medida que me acerco a Constitución cada vez son más. Todos los bares y cafés de la zona, para paliar la mishiadura, pusieron televisores que transmiten el mundial las 24 hs. Cuando no hay partido, ponen uno repetido, u otro del ascenso, para que la manija no afloje; incluso, un café de aires franceses tiene una promo de chipa gourmet y cocido quemado. Es muy llamativo porque parece que te lo sirven con el carbón y todo. Unas señoras coquetas y recoletas, con sobrada experiencia en té y masitas finas, están chochas con la opción de una merienda étnica. Una le saca fotos a la bandeja para su Instagram.

Nadie anda con banderas alemanas, pero no me sorprendería, el otro día había un noruego medio borrachín saltando en cueros con una banderita pintada en la cara. Si hubiese sido un tanto más oscuro los milicos de la vecinal 1 seguro le daban un par de toques, pero como era blanco-euro solo se hicieron ver, como para marcar presencia sin cansarse.

Una vez llegado al lado pobre de avenida San Juan la cosa cambia. Las banderas cuelgan de las ventanas, ya no son ni dos, ni tres, ni cuatro tipos caídos del catre. Son grupos numerosos apoyando la ñata contra el vidrio de cualquier lugar que transmita el partido. Tienen la fe entre los labios y por supuesto, latas de cerveza en la mano que no paran de vaciarse una tras otra. Los lugares se ponen más variados: kioskos, locales de ropa, pancherías, de venta de celulares non-sanctos, piringundines y whiskerías, todos tienen una muchedumbre de gente en la puerta atenta al marcador.

Llego a la fila. La mitad está escuchando el partido. Gritan los goles como si Francisco Solano López bajara del cielo o subiera del infierno para darles ánimo y fortaleza. Cuando termina, por extraño y sobrenatural que parezca, cambia el clima. Gritos, alegría, gente enfervorizada saliendo a la calle entre llantos de dicha. Del prostíbulo diminuto y de luces azules que está en Salta y O`brien salen 150 personas saltando, albañiles, mecánicos, cocineros, trajeados, faloperos, hasta las pibas que estaban adentro salen semi desnudas a saltar y gritar. Una se levanta la remera y muestra un corpiño mal puesto que no deja nada a la imaginación, pero otra la agarra de los pelos y la mete de nuevo al local. Los de la fila se abrazan con todos. Hasta yo pego un abrazo de un habitué de la fila que me dice mientras mira al cielo «aguyjé angirú» o algo así. No creo que sea un insulto, por las dudas no averiguo.

Es la hora en la que una de las parroquias del barrio reparte comida para los que viven en la calle. Siempre va el cura adelante con la virgencita mientras los que caminan tras él reparten morfi y alguna infusión para calentar las tripas. Esta vez la virgencita se quedó en su casa -imagino- porque el cura revolea una bandera paraguaya y se besa la cruz que lleva en el pecho como si fuera Bohemundo de Tarento conquistando Antioquía en 1098. Los que van con él, solo reparten té y alfajores porque en la Argentina de hoy hasta Cristo corre la coneja, pero dicen que la alegría es un buen sucedáneo de las proteínas.

Viene el colectivo. Arriba, la montonera está alegre, relajada, se escuchan llamados por teléfono en guaraní que entran y salen. Tengo a mi lado al que me abrazó que, parece, tiene la imperiosa necesidad de hablar con sus hijos chiquitos. Parece que habla con su ex o algo así, le dice que no le importa nada, que por favor lo deje hablar con ellos. Se escuchan los gritos de una mujer del otro lado del teléfono. Parece que afloja. Suenan voces de chicos. El tipo se larga a llorar mientras les habla en una mezcla de idiomas litoraleños.

Cuando bajamos la autopista, en Ciudad Evita, el chofer se detiene donde no hay parada, pero hay un kiosko. Bajan dos. Compran dos packs de cerveza. Vuelven al bondi. Reparten, de puro generosos. Arrancamos. Todos contentos.

Al otro día, la bandera paraguaya y la camiseta de su selección parece haberse convertido en el accesorio oficial del conurbano. No hay puesto en donde no se exhiba, no hay casa de ropa que no la venda. De pronto un torbellino de paraguayosidad exaltada nos llevó puestos sin darnos cuenta. En el colectivo hay gente comiendo torta de miel negra y dulce de mamón.

Al cruzar la General Paz, mano a capital pasamos por la obra que el Macri con problemas cromáticos arrancó hace media vida sobre la Richieri. Es como estar en las puertas de Asunción del Paraguay. Miles y miles de banderas rojas, azules y blancas flamean junto a las de la UOCRA. Prácticamente todos los laburantes tienen puesta una camiseta de la selección paraguaya. Todos sonrientes, con caras de haber dormido poco, pero luminosos. Un extraterrestre recién llegado supondría una noche de sexo deseado y gratuito, pero acaso lo ocurrido haya sido más y mejor que eso. Cuando llegamos a Consti, a pesar de estar cercano el mediodía, todavía quedan restos de la fiesta: dos o tres decenas de tipos todavía duermen la mona repartidos por las esquinas del barrio y de la plaza, bajo el puente, frente a Canal 13, en las escalinatas de la Facultad de Ciencias Sociales y en los canteros centrales de la 9 de Julio. Justo paso por ahí cuando una cuadrilla del Gobierno de la Ciudad y dos patrulleros se detienen para echarlos del lugar. Un milico golpea con una patadita amable el hombro de uno que está tirado para ver si reacciona. El tipo, de apoco, vuelve en sí. Cuando abre los ojos el milico le dice que no puede estar ahí, que se tiene que ir. El tipo se refriega los ojos y pregunta

-¿Ya ganamos el mundial?-

-Lo vamo´a ganar nosotro – le dice el milico.

aña memby– le contesta el tipo. El milico lo surte con una sonrisa esperanzada y patria.