Sábado. Como no puedo pagarme una entrada al cine ni me alcanza para comer afuera aprovecho que es la marcha de la bronca y salgo raudo, creído que es un re planazo. Viene el colectivo. Ahí está él. Ya lo tengo visto. Malhablado, ladino, irrespetuoso. Xenófobo, chovinista Imprudente. Eso no le impide manejar un colectivo. Tampoco escuchar obsesivamente música evangelista. Hoy, por ejemplo, suena en loop una de estribillo bucólico: “un manantiaaaaal, un manantiaaaaal” canta una voz masculina una y otra y otra vez más porque si la buena nueva no te provoca un ACV entonces Cristo no se copa con la salvación de tu alma.
El tipo mueve la patita siguiendo el ritmo. Supongo que sería más seguro para el pueblo de Dios que la mantuviera cerca del freno, pero como manejo espantoso mejor no opino. En su parabrisas conviven stickers de Jesús con la remera de Messi, Gokú, uno que dice “no tengo stereo” y otro de esos bien ochentosos con una especie de escudo nacional con las siglas RA en las que no se sabe si hace referencia a la República Argentina, a Raúl Alfonsín, o a Ricardo Arjona.
Viene con cuarenta minutos de atraso. La muchachada se queja. A decir verdad, es una queja timorata, por obligación, como para mentir en el laburo y decir que uno reclamó, que puteó, que puso los puntos sobre las ies y sanseacabó y no se hable más. La verdad es que, adormecidos por la falta de sueño, el morfi escaso y la esperanza de una vida mejor que no llega, cualquier reclamo arranca por donde debería terminar, en silencio y ojos agachados, haciendo trompita y no cambiando nada. El tipo lo sabe y los compadrea ni bien abre la puerta
“Apurando, apurando” arrea antes de que arranquen los reclamos. “Moviendo las tetas” le dice a un grupo de pibitos medio gomas que en vez de subir se escupen entre ellos y al escuchar el “tetas” miran para todos lados a ver si la pegan y encuentran un par a la vista. Se suben. Siguen escupiéndose. Al chofer no le importa. Sigue en su mambo religioso. Lo corta para sacar medio torso por la ventanilla y putear a los de un fitito verde que va adelante y no pasa los 60 km/h.
En Laferrere arranca el tole-tole. Todos mastican bronca, los de abajo que están apurados y quieren subir, los de arriba que van apretados y quieren que los otros se queden abajo porque ya no entra un alfiler. Un grupito de los de abajo se amontona frente al bondi para no dejarlo seguir hasta que suban todos. El colectivero apoya la mano en la bocina y no la saca. Tararea su canción ecuménica. Alguien abre una ventanilla. Se trepa un pibe morocho que pasa por arriba de una vieja. Alguien desde abajo le alcanza un moisés/cuna de mimbre que apenas si pasa por la ventanilla. Adentro hay un bebé de apenas días. Detrás se trepa la madre, una piba de adolescencia recién estrenada, como su maternidad. No debería estar escalando colectivos porque por piola que haya sido el parto alguna herida se le puede abrir. Una vieja le sugiere eso mismo, pero automáticamente es enviada a la recalcada concha de su abuela. La vieja balbucea algo en silencio y no dice nada más. El trío de alpinistas no pagó el boleto, no podría haberlo hecho aun queriendo, pero aun así exigen sentarse. Están lejos de los asientos que la monada tiene la obligación de soltar cuando sube alguien medio clueco. Adelante, como en Capital, todavía la ley, aunque no guste, de vez en cuando se respeta. Atrás, como allende la General Paz, solo rige la ley del más pistola. Los alpinistas encaran a los que están sentados que no les dan bola hasta que al que parece el padre de la criatura se le da por zamarrearle el hombro a uno. El tipo se lo toma a mal y lo empuja. Ese gesto, cual efecto mariposa, provoca que el colectivo, aun detenido, se bambolee para un costado producto de la marea humana tratando de esquivar las piñas. Gritos. El colectivero, con cara de fastidio, detiene el motor. El loop evangélico se corta al instante, al igual que el triste aire acondicionado. Un nenito de unos 6 o 7 años que va parado junto a mí porque nadie le dio el asiento empieza a gritar
“un manantiaaaaal, un manantiaaaaal”. Agachamos la cabeza para verlo. Se sentó en el suelo mugriento, juntó sus manos delante de la boca para aumentar la sonoridad del estribillo y, llenándose el último rincón de los pulmones con el poco aire que debe haber ahí abajo insiste “un manantiaaaaal, un manantiaaaaal”. Tiene una remera repleta de calaveritas mexicanas y unos tatuajes de henna con las figuras de la película Hotel Transilvania.
El colectivero no alcanza a ver lo que pasa en el fondo. Aun así, grita que no salimos, que va a llamar a la policía, al hombre de la bolsa, al negrito de los reyes magos que es el que labura y lleva la cuenta de quién se porta mal. A nadie le importa. A fuera está nublado y pegajoso. Adentro el ambiente es irrespirable. El colectivero, resignado a que se le sigan subiendo sin pagar intenta abrir la puerta. No abren. El sistema neumático se quedó sin aire. Intenta poner en marcha el colectivo. No arranca. Atrás se siguen empujando. En el medio una flaca se la agarra con un gordito
-Me tocaste el culo, degenerado- El tipo trata de justificarse diciendo que es el movimiento de la gente.
-No te hagas el boludo que me venís tanteando desde que subí en el metrobús.
-Hacete culear, gorda– Le contesta. Más empujones.
Alguien de abajo le tira un cascote al colectivo. El vidrio se astilla en forma de telaraña, pero no se rompe.
El nene cantarín se levanta al instante y se suelda a las piernas de su madre. Le dice que tiene miedo. La madre le dice que no pasa nada, que es cosa de negros, que se termina cuando maten a uno y lo tiren por la ventanilla. Los que la escuchamos la miramos sorprendidos. No la había registrado. Es una treinteañera pasada de gótica: ojos delineados, lápiz de labios negro, medias de red negras, minifalda de jean y el pelo, negro, hasta pasarle la cintura. Pálida como la niebla. Tiene tatuado en el cuello una mordida de vampiro. Cuando el nene se calma un poco la madre le dice
-No cantes más esas mierdas- le da un chupetín…negro.
Una voz de mujer grita que le hicieron un tajo en la cartera, que no le robaron nada, pero que arriba hay algún rastrero.
El colectivo, luego de varios intentos se pone en marcha. Las puertas se abren. Mil tipos se trepan y pujan y pujan y pujan mientras arriba siguen cagándose a palos. Los que bloqueaban al bondi siguen sin moverse. El colectivero, para amenizar, pone música. Arranca “un manantiaaaaal, un manantiaaaaal”. El nene tararea. No lo dudo un segundo. Abro la ventanilla, me trepo y salto. Les deseo la muerte. Me vuelvo a mi casa.