Los veo de lejos. Son dos niñatos, un pibe y una piba de no más de veinte pirulos. Pilcha formal. Pulcros, arreglados. Y con 2 violines. No son habitués de la fila, pero hoy casi nadie lo es. Están entre los quichicientos mil estudiantes que vinieron a la marcha universitaria, luego se fueron a tomar algo y decidieron enfilar para sus ranchos justo, justo a la misma hora que yo salgo del laburo. La cola llega hasta la esquina de Salta y Brasil, da la vuelta y casi llega hasta Lima. La montonera de gente entre fila y transeúntes es discepoliana solo que en lugar de biblias y calefones hay hermanos tercermundistas venidos desde las letrinas de todo el globo, faloperos nativos, trabajadorxs sexuales, predicadores del emprendedurismo carterista, universitarios fans de la narratología de Propp y niñatas militantes con remeras de Cristina y Axel de cuando eran carne y uña.

Adelante tengo 5 pibitos de unos 12 años. Todos fuman. Uno canta algo así como “Pablo Medellín, Pablo Medellín, quiero ser como Pablo el rey de Medellín”. Lo que se dice una vida con aspiraciones. En un momento llega un colectivo de otra linea que apenas tiene gente en su parada. Los 5 salen de la fila corriendo y así como se suben manotean los celulares de dos viejas incautas. 4 bajan a las corridas por la puerta de atrás. El chofer cierra las puertas. El restante, cercado, ve una ventanilla abierta y se tira en clavado desde arriba del bondi hacia el asfalto. Cualquier ser humano se hubiese fracturado el cráneo de solo pensar la pirueta, sin embargo, el ladronzuelo, cual Spiderman del subdesarrollo, da una vuelta carnero, y amortigua el impacto con un paso de ajuste muy en la línea de Nadia Comăneci. Como cae entre la muchachada progre se va sin ser molestado, porque ningún pibe nace chorro.

Entre pitos y flautas no tengo dudas de que voy a estar acá 1 hora y media. Le yerro por 10 minutos a mi favor. Cuando subimos, tenemos una clase práctica de topología de baja dimensión, es decir, experimentamos en carne propia la transición de cuerpos tridimensionales a la bidimensionalidad. Cuando el bondi arranca de pronto pega un frenazo inesperado y la muchedumbre se reacomoda. Quedo junto a los niñatos violinistas que sostienen los estuches de sus instrumentos por encima de sus cabezas, rezando entre dientes de que no les pase nada. Peor la pasa uno muy desvinculado de la realidad que se fue a la marcha con su maqueta de arquitectura. En la primera cuadra ya perdió dos árboles de telgopor Y el techito de un estacionamiento. Pide por favor que si alguien ve las piezas en el suelo se las acerque, pero agacharse en un bondi repleto como este hace que inclinarse a buscar el jabón en las duchas del penal de Sierra Chica se vea como mirar dibujitos a las 5 de la tarde tomando la leche.

Los pibitos violinistas fueron a la marcha desde el conservatorio. Parece que esperaban tocarse un par de hits de Sibelius o Kreisler, pero había tanta gente que solo atinaron a tocar la primera parte del “Muchachos” para ir dándole forma al clima mundialista porque eso es lo que les pedían desde que salieron. El pibe cuenta que en una esquina se cruzó con una pareja que tenían un nene que lloraba sin parar. Intentó tocarle de puro canchero una de Alban Berg para ver si la criatura se tranquilizaba. Los padres lo cortaron en seco “no te gastes, solo se calma con Tiny”.

-Me la bajaron- confiesa.

 La pibita es diminuta y me da un par de violinazos en el marote cada vez que el colectivo dobla. No para de disculparse. En realidad, su preocupación más que mi cabeza es su violín, pero se la dejo pasar porque es preciosa y habla con una corrección impecable. Le cuenta al otro pibe que está contenta porque el grupo de alumnos que tiene es super aplicado. Parece que es estudiante y profe al mismo tiempo. Le cuenta que tiene un alumno de 19 años que labura de Rappi todo el día con la bici, que pedalea de sol a sol desde el Bajo Flores hasta el microcentro y de ahí hasta Recoleta; dice que a veces va con toda la polenta y otras hecho una piltrafa, pero que tiene ese no sé qué que lo hace “muy musical”. Cuenta que el alumno no tiene violín propio, que le prestan uno “chino”. La flaca lo dice en un tono que da a entender que los instrumentos de ese origen son de mala calidad. El otro arruga la cara, pero aclara “para ir tirando sirve…”.

Estamos junto a la fila de asientos individuales. Los ocupan un grupito de fisuras balbuceando a grito limpio. Lo bueno es que solo se cargosean entre ellos. Los violinistas y yo tenemos a medio centímetro al más callado de todos. Bien atrás, semi a oscuras. Cuando el colectivo baja de la autopista, se mete las manos en el bolsillo y saca una bolsita de basura tipo Dr. Chapatín, del tamaño de una pelotita de pin pon. La abre. Polvo blanco. Se incorpora y saca del bolsillo de atrás del jean un DNI. Es de un nene de unos 3 años, pero la foto es de un bebé. Con eso pica el polvo, haciendo malabares para que nada se le caiga. Lo peina sobre el canto de la mano y manda un nariguetazo enorme, áspero, ruidoso, como si se sorbiera los mocos, que es efectivamente lo que hace, sólo que con la mucosidad va un misil israelita directo a un cerebro repleto de escuelitas palestinas.  Los violinistas y yo tenemos la escena en primer plano destacado porque el tipo se alumbra con la linterna del celular que sostiene con la boca. Guarda la bolsita haciéndole un nudo prolijo. Se saca el celular de la boca y levanta la vista. La jeta le queda iluminada mirándonos. Sonríe de una forma macabra. Los violinistas se pegan un julepe increíble. Ella incluso da un gritito. El tipo tiene la misma cara que Igor, el jorobado de El Joven Frankenstein, que interpretaba Marty Feldman. No nos dice nada. La mirada se le pierde hasta llegar a Laferrere, donde baja con sus amigos. Nos vuelve a mirar a los tres y nos dice

-Chau.

Nos miramos. Los pibitos dicen que tenía cara de meme, les cuento que el meme es de una película del 74. No la vieron. De hecho, los padres de ella no habían nacido todavía. El pibe comenta el tremendo pericazo que el tipo se zampó sin pudor alguno.

-Egoísta, hijo de puta – dice ella en un tono que nadie le hubiese imaginado – no nos convidó.

Me río. El violinista aplaude con los pies, como hacen los violinistas de bien.