Se ponen la gorra

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Basta de decir que Macri ajusta y reprime, que Cambiemos ajusta y reprime. Ajustan y reprimen sus votantes. Ajustan y reprimen los 50000 que fueron a la marcha del otro día y salieron en cientos del lugares del país a cacerolear en su favor. Ellos ajustan y reprimen. Ellos, con nombre y apellido, los que dicen en la cena familiar que los votaron, tu compañero de trabajo que verduguea los cortes, tu contacto en redes sociales que pone fotos de la represión y se ríe. Ellos ajustan y reprimen y toman deuda externa y dejan sin laburo a la gente. Ellos, que se fueron a Cancún con el dolar barato y parasitario de Cristina, ellos que consumieron celulares a morir pero se quejaban de las antenas de DirecTv en la villa, los que pueden pagar un alquiler porque agachan la cabeza, los que viven lejos de la contaminación ambiental. Ellos son los que reprimen y ajustan. Y hay que hacérselos saber.

Verdugueo

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La cosa, con sus bemoles, es más o menos así: no le encuentran la vuelta y se siente en varios aspectos de la vida social. Ante la calle tomada, que en algunos casos devuelve imágenes y declaraciones repudiables, convocan a su propia marcha. Al principio lo hacen con una actitud timorata porque la calle no es su lugar natural. Sin embargo la realidad nuevamente los vuelve a sorprender, como cuando ganaron. Miles y miles de integrantes de la clase media salen a apoyarlos. No apoyan la democracia, ni los valores republicanos, ni el diálogo.

Postales de género

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Fila del colectivo. Constitución. Tiene que salir el último 96. Vengo de una clase que se llama Problemas de género e historia argentina. La mujer que tengo atrás le grita al celular. Me agacho para atarme los cordones. La mujer pega un alarido que casi me hace caer. Le dice a quien está del otro lado “te vas de mi casa. Estoy cansada de vivir así, discutiendo. Mis hijos no tienen por qué soportar nuestros quilombos. No nos vamos a poner de acuerdo. No voy a dejar de trabajar. No importa lo que me digas. Andate. Llego en dos horas. Quiero verte con las valijas en la puerta, pelotudo.” Cuando subo y me siento la veo. Es enorme, gigante, grandilocuente en sus formas y volúmenes. Un patovica lloraría por su mami si tuviese que hacerle frente. La recuerdo. Una vez viajé a su lado. Íbamos en el asiento de dos. No tuvo gentileza alguna en dejarme respirar. Me aplastó literalmente contra el vidrio. Tenía olor a caucho de gomería. No sé si seguir despreciándola por sus poca civilidad para viajar o admirarla por la posición terminante con su pareja.

Mata a tus ídolos – Editorial 87

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A principios de la década de los noventa, la banda norteamericana Guns N’ Roses promocionaba su disco Use for ilution con un curioso merchandising: la cara de Jesús de Nazaret junto a la frase Kill your idols (mata a tus ídolos). Si bien Durkheim postulaba que sin ellos no hay sociedad, la idiosincrasia nacional tiende a ir por esos rumbos toda vez que desde hace más de medio siglo no hacemos más que bajar del pedestal a toda figura, institución o rol político que otrora fungió de salvadora de la patria. La historiografía cascoteó las leyendas que constituían los próceres nacionales. Luego acabamos con el mito de las fuerzas armadas como reservorio moral patria. Más tarde, los jueces, la política partidaria, la iglesia, el periodismo. Hoy, los docentes. Nos encanta ver al ídolo de ayer caído por nuestra pedrada. Por eso tenemos una malsana fascinación con los cadáveres: los literales (Moreno, Perón, Eva, Aramburu, Rosas, Néstor) y los simbólicos (Maradona, Charly, Monzón, Menem). No somos capaces de convivir con lo que alguna vez amamos. En un movimiento continuo de acción y reacción, deificamos y condenamos al averno. No es que algunos de los portadores de esa prosapia no se lo merezcan, sino que es curioso que nuestras dinámicas sociales busquen de un modo u otro horadar las bases del prestigio de aquello que en algún momento nos ha guiado.

Cantar

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Hay quienes dicen que el canto libera al alma. Otros que si se reza cantando se reza dos veces. También se escucha por ahí que aquellos que cantan sanan las tensiones del cuerpo. Bueno, ¿saben qué? son unos jipis porque hace una semana que me cruzo con gente que canta en la parada del colectivo y arriba de él. Y lo hacen horrible, asquerosamente. Vos podés mover los labios con una canción que te conmueve, podés mover la patita, hacer que tocás la guitarra en el solo más complejo de la historia de la música cual guitar hero pasado de merca. Podés tocar la batería y el bongó símil ataque de epilepsia. Pero lo que no podés hacer es cantar como un poseso y torturar a los que te rodean porque o sos un pirado o un hijo de puta.

Levante

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Algún día habría que hacer un listado de las implicancias y simbolismos de cada uno de los asientos del colectivo. Hoy no es ese día. Lo digo porque en el viaje de la mañana tuve la suerte de sentarme. No en cualquier asiento sino en el primero, lado ventanilla. Legalmente uno debería cederlo. Pero la cosa es que pocos lo quieren. Es difícil entrar, es difícil salir, tiene poco espacio hacia adelante y el sol te pega patadas en los ojos. Te lo piden, obvio que lo soltás pero casi, casi no lo quiere nadie si está en condiciones de enrostrarle sus derechos a otro sentado en un lugar más cómodo.

Militancias en red

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Las militancias en la red son difusas, poseen mitad de honestidad y mitad de corrección política apta para los círculos en las que nos movemos habitualmente. Los antiperonistas con amigos antiperonistas dicen cosas antiperonistas y se felicitan mutuamente por las ocurrencias y la crítica penetrante. Los peronistas con amigos peronistas dicen cosas de peronistas y se palmean virtualmente las espaldas como si cada palabra los emparentara con el león herbívoro – dios lo tenga en la gloria y no lo suelte-.

No se entiende

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Los memoriosos recordarán que a principios de los ’90 la publicidad de un banco extinto sentenciaba: “un buen nombre es lo más importante que uno puede tener”. Nombres propios. Individualidades. Sería hacerle un desplante ingrato a la historia olvidar que por aquellos tiempos, también, usábamos los cascotes del muro de Berlín para levantar más de un shopping center. Pero la cosa va por otro lado.

Vómito

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Hay problemas en la autopista. Ok, es normal. Pero el chófer, fiel exponente de la sociedad argentina, decide hacerse el pistola y apurar la cosa. ¿Qué hace? Se baja de la autopista y se dispone, presto, a cruzar toda la ciudad de Buenos Aires, olvidando que le pagamos para otra cosa. En un cúmulo de malas decisiones elige, váyase a saber por qué, ir por la avenida Directorio en vez de utilizar el metrobus del sur, que estaba más cerca y era más rápido.

Entrevista

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Intentar hacer periodismo obliga al interesado a compartir, al menos por un momento, el mismo espacio conceptual que muchos mercenarios que dicen lo que dicen porque detrás hay dinero, favores o una herida narcisista que maquillar. Se sabe. Y quien lo sabe acuerda llenarse los pies de barro, por las razones que sea. Hay quienes le rezan a sus dioses para que en el ejercicio de esa actividad el barro no les coma el alma y les de algo de lo que estar orgullosos.

Educación sentimental

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Estoy en el parque Rivadavia. Tengo que hacer tiempo. Llego cagado de calor. El lugar está hasta reventar. Repleto de chicos de todas las edades. Veo a lo lejos un árbol en el cual apoyar la espalda. Llego, me siento, me saco los zapatos. Hay dos chicas que deben arañar los 15 años sentadas a unos metros. Mientras me acomodo y saco un libro la charla que tienen se vuelve clara.

Calor

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Acabo de tomar el 86 en Paseo Colón y San Juan. Somos, arriba del colectivo, 5 personas. El chofer tiene las 3 puertas abiertas. Veo a 2 pasajeros sentados lejos el uno del otro que van con los zapatos en la mano. Tardo un segundo en darme cuenta por qué. El calor es homicida. No tiene que ver con la temperatura ambiente, no tiene que ver con el motor de la unidad ni con su carrocería irradiando el calor absorbido durante un día al rayo del sol. No, no sé con qué carajo tiene que ver pero este calor no pertenece al orden de las cosas creadas. Lo que hay aquí es un pasaje a ese otro estado de la materia, el plasma. Somos algo disolviéndose, un gas enrarecido de raquíticos enlaces covalentes. Me decido. Fuera zapatos, fuera medias. Sí, chicos, fúmenselo todo hasta adentro. Yo me fumo el macrismo y ya me ven, inmutable.

Tránsito

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Hay un pensador francés (no recuerdo el nombre, cuando llegue lo apunto) que postula que en las sociedades modernas se vive un cambio de paradigma en las formas de pensar el transporte. dice, si mal no recuerdo, que nuestra tendencia a la instantaneidad (de la información, del placer -habría que agregar también del castigo-) exige una nueva forma de pensar la noción de viaje. Dice que no es tan solo un juego de palabras cambiar “transportar” por “trasladar” ya que transportar implicaria llevar de un lado a otro una mercancía mientras que trasladar, propone, es poner el foco en un momento determinado sobre sujetos que habitan todo el territorio. Apurando, se transportan entidades que están quietas de un punto a otro y entonces el movimiento es solo una instancia que media entre una posición y otra equidistante. Algo de aristotelismo hay ahí haciendo ruido. En cambio el traslado sería un estado totalizante en un contexto de movilidad y cambio constante y sucesivo, muy en la linea de lo que el recientemente fallecido Bauman llamaba liquidez, por ejemplo.

Fitito-maceta

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Miércoles. 40 minutos esperando el bondi en Paseo Colón. Viene. Subo. Dos cuadras y me duermo. De pronto, ruido. Abro los ojos. El colectivo no va más. Hay que bajarse. Estamos en Once. A dos cuadras se ve el quilombo de los manteros. A metros tenemos policías con ganas de pegar. Llega un 86 vacío. Nadie respeta los lugares del colectivo anterior. Solo consigo hacerme lugar en el pozo, ese agujero infecto de la puerta trasera. Junto a mi se sienta un poshumano, uno de esos fumadores de paco que aun no hizo el click definitivo y aun conserva rasgos mínimos de conciencia. Huele a paco y a traspiración aquerenciada. Iniciamos una guerra sorda por cada milímetro de espacio. Estoy cansado, enojado y tengo un día en que odio al país y al grueso de sus habitantes, incluso a los simpáticos.

“Todo es palabra divina “. La cábala en formato humano – Andén 86

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Federico es un rabino, bueno, estrictamente rabino, no; seminarista, pero no tiene la imagen prototípica de quien habla de dios a sus fieles. Es joven. Si se lo busca en internet incluso se lo puede encontrar haciendo covers de Luis Miguel. Eso lo humaniza. Lo vuelve cercano. Cuando habla de los misterios de su fe no duda, los conoce. Como todo rabino (o rabino en formación), maneja la miríada de preceptos y normas de una religión que ya era ancestral cuando Sócrates nacía. Y, sin embargo, no usa el tono de los decidores de verdad. Es un intérprete, “un buscador”, alguien que aprende, y enseña, a buscar la naturaleza de la creación en el sentido que hay oculto detrás de las palabras.