Chuvia

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Sábado. Una hora reloj esperando el bondi bajo la lluvia. Hay 20 personas apiñadas bajo el refugio. Uno tiene un cigarrillo electrónico mal calibrado y cada vez que pita parece una elección papal. Una bola de humo blanco densa se queda como una niebla a nuestro alrededor a pesar de la ventisca. Hay alguna otra cosa además de tabaco en ese aparato porque la monada se abre aun a riesgo de mojarse hasta las tetas. Hago lo mismo. Salgo del refugio y abro mi paraguas con forma de espada que me regaló una amiga y por el que a veces me para la policía porque, posta, tiene una pinta de katana que da calambre.

Mikima

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Subo y me tiro en el asiento más hediondo y al sol que hay sobre la faz de un 96 con aire acondicionado caliente que huele a trapo de piso viejo. Estoy tentado a sugerirle al chófer la existencia en algún lugar de un filtro de aire, que hay que sacarlo y limpiarlo. Su cara me disuade: bigote años 70, anteojos de policía motorizado del 80, canas circa 1940. Su voz parece una lima contra el acero. Lo noto cuando le menta el orto a una piba de unos 15 pirulos que cruza en un semáforo.

Paranthropus

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El invierno se acerca. Un fantasma recorre el mundo. Ha sonado la hora de la espada. Caen los grandes relatos. Hemos exteaviado el criterio. Como si el fin de los tiempos se avecinara en un remolino de significantes vacíos, ocurre, sí, en mitad de la vida cotidiana, cortando en dos las reglas diamantadas con las que el destino cincela los huesos de todo lo que se atreve a vivir.

Forro

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Voy atrás de todo. Lado ventanilla. Un poco más elevado que el resto. El que está sentado en el último asiento de un solo pasajero revuelve su mochila. Saca una cajita. La abre. Saca el envoltorio blanco abierto de un preservativo Prime con espermicida. Luego saca un preservativo claramente usado. Abre la ventanilla y plop! Lo deja caer en mitad de la calle. Lo hace con tanta parsimonia que no puedo evitar captar los detalles.

Mal vicioso

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Constitución. 21 horas. Baño. De los nuevos. Lindos. Cuidaditos. Tirando a limpios. Hay un pibe de limpieza que está sentado en un rincón, seis horas diarias, cincos días a la semana fumándose el olor a meada. Podés tirar perfume de Christian Dior pero cuando orinan literalmente miles y miles de tipos al día no puede oler a otra cosa. Así que el pibe le cuenta a un viejo que al principio se quería matar pero después se acostumbró. Como si algo adentro del balero le hubiese hecho un clic. Ahora no huele nada. Dice que la madre le hace polenta y no huele nada; que la suegra le cocina pescado y nada. Dice que no hay mal que por bien no venga porque ya no tiene las ganas de vomitar que le daba todas las noches cuando pegaba el último Roca a Temperley y todos los vagones olían a trapo de piso húmedo. En verano, cuenta, se iba en bondi y tardaba 40 minutos más, no había caso, no se la bancaba. Ahora, sí.

Imposición

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Arriba del bondi vamos unas 50 cabezas de ganado. Tal vez alguna más. Solo 4 llevamos pañuelos aborteros visibles. Yo, una piba de unos veintilargos y otras dos de unos 14 muy juveniles. Las 3 van juntas. La de veintilargos tiene cara de haber accedido a acompañar a su hermana y a una amiga. ¿A qué no saben a quién eligió para predicarle el evangelio de Pablo una evangelista pasada de rosca? ¿A quién le impusieron las manos para que adjurara del error de satán aunque tuviese auriculares puestos ?
Se equivocaron, no fue a ninguna de las chicas.

Viajar lejitos

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Hay gente que cuando sube al colectivo le dice al chófer “hasta la capital”. Gente que no viaja seguido, que rara vez se mueve más allá de su pueblo, su ciudad, su partido. Gente que se viste con lo mejor que tiene porque es una ocasión fuera de lo común viajar durante horas como un cerdo para ver cómo el horizonte dibuja la línea de la General Paz.

Fotis

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Voy parado. El pibe que tengo sentado en frente ve fotos que su novia en pelotas le está enviando en este momento. Por ahí no es su novia, por ahí es su amante o una amiga del curso de catequesis, no sé, no viene al caso. Figura su nombre, apellido y teléfono. Estoy tentado de decirle al pibe que sea un poquito más recatado pero quedo en evidencia. No estoy haciendo esfuerzo alguno por ver, simplemente el pibe opera su aparatito como si estuviera solo en el mundo. No me puedo mover de donde estoy porque estoy rodeado y el bondi va hasta la re manija.

Un sueño

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A veces me tomo el 159 en Paseo Colón para ir a la facultad. El cartel dice B/G. Le dicen “la blanquita”. Tiene un servicio semirapido que te arranca la cabeza con el boleto y un servicio común que hace lo mismo y además te hace un city tour. En Sarandí, sobre el acceso sudeste y la calle Dr. Hector Sander hay una plaza.

Acá se aprieta fuerte

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Viernes. Hace dos semanas. Volvía tarde, tipo una de la madrugada. Estaba en Congreso. Cuarenta minutos de espera. Llega el 86. Medio vaciongo. Me siento de espaldas al chofer, mirando al resto del pasaje. La cosa estaba medio fresca así que me acurruco. Me duermo a los treinta segundos. Me despierto en Laferrere, me palpo, tengo todo. Genial, no me afanaron mientras roncaba. Me limpio la baba, me arreglo el pelito.

Cortina

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Sábado. Llovizna. Vengo de trabajar. Son las 9 de la noche. Hace cincuenta minutos que espero el colectivo. Estoy en una parte de la fila que no me garantiza un asiento arriba del bondi. Cuento la gente pero siempre cae un primo, un amigo, una embarazada con cinco pibes, dos discapacitados, alguna vieja con una enfermedad terminal. Atrás mío hay varias decenas de personas.

Idiomas

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San Telmo. En un época, tierra de cullireros. Hoy, solar pintoresco para hostels de turistas del primer mundo que buscan esparcimiento cómodo y barato en una zona donde el metro cuadrado vale lo que el riñón de una top model. Lindo, mugroso, ni tan alejado del centro y a pasitos de Puerto Madero donde se puede ir beber con glamour y de la villa Rodrigo Bueno, donde se puede comprar una falopa de cuarta.

Aspecto

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En ocasiones nuestro aspecto marca lo que nos pasa, no digo que lo determine, pero sí que lo condiciona. Bien lo saben los pibes morochos de gorrita, los policías, los discapacitados, los zombies y las flacas que son entrevistadas por pelotudos como Nicolás Repetto, que siente por las feministas el mismo respeto que Simón de Monfort por los albigences.

Frente a frente

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“Frente a frente con el falocentrismo heteropatriarcal cisnormalizador de corte esteticista” pienso mientras una flaca en musculosa se agarra del caño y deja ante mis ojos su axila poblada y frondosa de pelos. En ellos tiene unos manchones blanco-metálico como si se hubiese puesto eficient en spray bajo el brazo o esos desodorantes a bolita chinos que valen cinco pesos, que te dejan un menjunje gelatinozo y tienen olor al delta del Chang Jiang. Lleva un vestido lindo, de colores, tal vez un poco corto para un 96 que va hasta las pelotas. No porque la vayan necesariamente a embarazar sino porque el primero que se enganche con él la va a dejar literalmente en pelotas. Lo único que nos separa es mi mochila. La tengo puesta de frente.

Hincha

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Pegué un asiento sobre un caño, cerca de una de las tomas de aire acondicionado del colectivo. Hay olor a trapo de piso húmedo. Sale del aire. La señora que tengo a mi izquierda todavía no tiene afilado el arte de dormir parada. Cada tanto se le aflojan las rodillas, medio que se desploma, vuelve en sí justo antes de estamparse por completo contra mí y sigue dándole al ojo. Del otro lado tengo a un gordito que debe ser zombi porque nada vivo puede despedir un olor como el que tiene. Parece limpito. Mira en su celular videos de reguetón con lesbianas o algo así.

Muchos

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Sube un viejo más cerca del arpa que de la guitarra. Como los ocho asientos de adelante están ocupados por gente que llena su vacío existencial reproduciéndose, el debate versa sobre quién debe pararse, si la que lleva al bebé de más edad o la que lleva al más pequeño.
Termina parándose un ciego al grito de “esto pasa por culpa de Alfonsín que aprobó el divorcio”.