Hace unos días me acordé de Lara. La última vez que hablamos fue hace poco más de un año.




Hace unos días me acordé de Lara. La última vez que hablamos fue hace poco más de un año.
¿Alguna vez prestaron atención a la cantidad de gente que llora en la calle? Lejos del decoro de las cuatro paredes, fuera de la seguridad de la almohada que le abraza el llanto y el moco, las monada elige la vía pública para expurgarse los ojos con una enjuagada.
En mi barrio, como en cualquier otro barrio pobre, la gente cree en cualquier cosa que le ayude a correr la coneja. No necesariamente el puchero aparece por obra de los dioses pero al parecer, hasta cierto punto, basta con la fe para que la panza no haga ruido. A mí no me funca, pero a la mayoría de la gente pareciera que sí por eso está lleno de cultos evangélicos, pentecostales, mormones, de los santos de los últimos días, tarotistas, parapsicólogos que prometen que si garpás la piba que te gusta deja al pelado con el que sale ahora, te dice que te quiere y se disculpa por no mandarte un mensaje en navidad. Por supuesto, también hay umbandistas. También hay católicos pero desde que se garchan menores ya no son tan populares.
Consti. Esquina. Dos flacas. Una con un bebé en brazos que solo tiene pañales. Otra con un cochecito de bebé con otro adentro que chupa un escarpín o algo así . Una le pregunta a otra
-¿A dónde vamos?
-A comprar porro- Le contesta.
-El transa es en la otra esquina, tarada.
-Ah, bueno, de paso compramos birra y tutuca.
En mi barrio, como en todos los barrios, lo que queda después del 25 son las huellas, los restos tristes de la fiesta. Los tetras en la zanja, las botellas apiladas en los tachos de basura. Bolsas de residuos que los perros sueltos rompen buscando qué comer. Forros usados tirados en la calle por los que garcharon, responsables, bajo el amparo de la noche y los ligustros.
180, mano provincia, que es la forma fácil de decir que me tomé el cartel verde que pasa por Laferrere Town. Sale de Caballito, José María Moreno y Pedro Goyena. Junto al murallón del edificio de Aguas Argentinas. Lo espero media hora. Llega, tiene aire pero como no le limpian nunca los filtros el ambiente huele a trapo de piso viejo, húmedo y podrido. No hay poronga que nos venga bien.
En el asiento doble delante del que voy sentado van dos tipos. Son evangelistas. Te das cuenta porque son espamentosos y les gusta la alharaca. Que cristo esto, que cristo aquello, que el espíritu santo te cura las hemorroides; y, por supuesto, la biblia en la mano, como si no hubiese otra puta cosa que leer. Justo ellos que son quienes más lo necesitan.
La muerte es, si se quiere, la frontera del todo. Por eso cada palabra que intente describirla es deficitaria y pobre. Habrá quienes crean que le sigue algo y habrá quienes no. Para todos es, como mínimo, un misterio.
En Internet hay comunidades de todo tipo. Impensadas, algunas. Locas. Gente que vive su vida digital alrededor de un tema. Activamente. Desde la militancia y la vocación por intervenir en la discusión sobre un asunto.
Es una de las grandes promesas de word wide web. La posibilidad de interactuar con otros con igual afición o profesión que nosotros y así realizar aportes al conocimiento colectivo. Dio resultado. También dio grandes decepciones. Las comunidades digitales tienden a cerrarse sobre sí mismas, a ser foros de convencidos, espacios de validación impermeables a la crítica. Incluso los trolls -pagos o no- operan alrededor de temas puntuales y son, si se quiere, un tipo de comunidad dentro de la red.
Arriba del bondi hay 3 integrantes del lumpen proletariado tomando un vino espumante de color celeste radiactivo. Uno de ellos es una mujer. Se reprochan no haberlo comprado frío o eso intuyo porque hablan un dialecto gorgojeante, patinoso que suena como diarrea en los oídos.
El 96 sale de Constitución, por la calle Salta entre Avenida Brasil y O´Brien. Va derecho por Salta hasta la intersección de Estados Unidos, donde tiene su última parada. Luego hace una cuadra y dobla en 9 de julio. En esa esquina, en Estados Unidos y 9 de julio, no hay parada. Hay un bazar de un lado y una estación de Shell del otro. Siempre se ve gente desesperada, corriendo, cruzando en rojo la avenida, levantando la mano, suplicando que el chofer se apiade de ellos y les abra la puerta. La mayoría de las veces no les abren, los dejan de garpe porque la raza colectivera es miserable y solo dada al respeto de las normas cuando les conviene. Otras veces, las menos, se compadecen y abren la puerta y entonces, los que suben agradecen, conmovidos, por el gesto inesperado.
Vivimos y morimos en sociedades que han banalizado los mitos. Por un lado, los hemos convertido en cuentos de hadas, en narrativas pasadas de moda ante el imperio de un tipo de pensamiento −el racional− que se mira al ombligo cada vez que quiere describir la realidad. Por otro, los hemos asimilado a una masa uniforme de creencias sin ton ni son que pueblan nuestro descontento con occidente y que le buscan un sentido a la vida apelando a cualquier cosa que no huela a modernidad. Otro es aquel que aplica el título de mito a gentes, eventos o cosas que están más allá de nuestra cotidianidad. «El mito viviente», «un momento mítico», etc. Todas ellas formas de degradar lo arcano y numinoso que late en nuestras conductas más mundanas.
Si se sospecha que el mito aún cumple una función en nuestras sociedades, nada mejor que acercarse a quienes hacen de él un objeto de estudio. Por eso, para nuestro número de mitos acudimos a César Ceriani Cernadas, doctor en Antropología, investigador del Conicet, miembro de la cátedra de Antropología Sistemática III de la Universidad de Buenos Aires y especialista en religiones populares y antropología simbólica, quien nos aclara un panorama que, como suele ocurrir, se encuentra empañado por la razón occidental.
Lo malo del verano son los borrachos. Los hay en todas las estaciones, es cierto. Pero en verano son peores. Ayer, en el 86, a la vuelta, con un calor padre, subieron cuatro. En Once. Junto a otros 50 tipos cansados y cagados de calor.
Estoy sentado en la fila del fondo. A la derecha tengo a una señora que huele a coco y vainilla, como si en lugar de carne y vísceras los dioses la hubiesen fabricado con el cucurucho de los helados. Más allá, un flaco se saca los mocos compulsivamente con la mano. Debe ser buen pibe, va leyendo unas fotocopias de la facultad de sociales con el Anti dühring de Engels.
Rodolfo Kush, un antropologo del carajo, tiene un texto ultra potente sobre el hedor en El Alto, en Bolivia. Cuenta que nuestra sensibilidad blancuzca se escandaliza por la otredad hedienta de los que laburan a destajo para poder vivir y morir bajo la opresión. Tiene razón. Tan acostumbrados a los desodorantes de cuarta y al olor al Plusbelle de manzana la occidentalidad epidérmica olvida que el cuerpo humano despide olores agrios.
Sábado. Madrugada. Noche de los museos. Tuve que laburar. Además es una fecha que me pone de mal humor, cosas de la vida. Y como total ya estoy del ojete los dioses no tienen empacho en dejarme esperando dos horas el 86 mientras me cago de hambre y de frío en Paseo Colón y San Juan. Una vieja dice que llamó a la línea y que le dijeron que había salido uno a la 1:10. Pasó cortado. Dice que sale uno de La Boca a las 2:20. Hace frío. Tengo hambre. Me queda poca batería en el teléfono. La necesito para pedirme un remís, un Uber o un unicornio violeta cuando llegue a Kathan city, si es que llego en algún momento entre hoy y el fin del universo.
Mientras voy a trabajar un sábado a la noche, a las puteadas y de mal humor, recuerdo que hace exactamente un tiempo, esta fecha pero de un tiempo otro, fui feliz, o casi. La memoria, se ha dicho hasta el cansancio, tiende a mejorar y a elevar gentes y situaciones pero aquella vez la cosa estuvo ahí nomás. O no. Por ahí es mejor decir que fui plenamente feliz aquella noche, como puede serlo cualquiera, a pesar de las dudas y las precariedades, a pesar de la lluvia que nos empapó, y el frío que nos cubrió y el millar de personas que querían ver lo mismo que nosotros y se apiñaban a nuestro alrededor con sus paraguas y sus niños caprichosos pasados de azúcar.
Procastino la escritura porque lo que leo cuando escribo son fantasmas y espacios vacíos repletos de presencias.
Hago otras cosas. Me excuso ante el espejo con aquello del trabajo, con aquello de que hay que cortar el pasto, bañar al perro, aspirar debajo de la alfombra. Me miento con la música al máximo volumen para que ni una coma me traiga a los oídos una voz de mujer, el ruido de un timbre, el ringtone de un teléfono perdido.
Hace unos días entrevisté a un Antropólogo para Andén. El tipo hablaba sobre mitos. Contaba que el mito había caído en desgracia con la irrupción de la escritura que permitía revisar el pensamiento, volver a él. En ningún momento lo dice pero el pensamiento mítico estaba vinculado, como lo están los siameses, con los poetas y rapsodas que memorizaban largos pasajes e iban de lugar en lugar llevando su arte que era, a un mismo tiempo, un poco de arte, un poco de religión, un poco de información y filosofía. Los poetas decían que a través de ellos hablaban los dioses. Katogeos, era la palabra para designar el toque del dios. La divinidad los tocaba y ellos eran, por un lapso de tiempo, la voz del dios encarnada. Borges diría, milenios después, que la poesía era superior a la música porque la incluía. Platón los odiaba, a los poetas, porque representaban una forma primitiva de educación. Como si hiciera falta la rima para ayudar a la memoria a recordar las lecciones. Algo de eso hay. Los pibes aprenden en el jardín o en los primeros años del nivel inicial canciones con pretensiones pedagógicas. Cientos de dibujitos animados pueden dar cuenta de eso.